lunes, 31 de enero de 2011

A los 10 años papa me desvirgo, a los 12 me prostituyó

Entrevista a Isabel Aubry, fundadora de la Asociación Internacional de Víctimas del Incesto (AIVI)

Tengo 45 años. Nací en Bretaña y vivo en París. Casada con un hombre al que amo. Tengo un hijo de 21 años. Tengo la invalidez absoluta, soy bipolar a causa del incesto. Acabo de publicar en España mi testimonio, 'La primera vez tenía 6 años' (Roca Editorial). Soy agnóstica

¿Ha entendido el porqué de lo que le ocurrió?

El día que asumí que nunca tendría respuesta ante el abandono de mi madre y los abusos sexuales de mi padre, que comenzaron cuando yo tenía 6 años, pude rehacer mi vida.

¿Qué recuerda de su infancia?

El sentimiento de soledad e inseguridad. He visto a mis padres persiguiéndose con un cuchillo de cocina en las manos y sangre por las paredes. Estaba aterrorizada.

...

Después se comportaban como si nada hubiera sucedido; así es difícil crecer, es como un árbol sin tutor. El incesto ha tenido y tiene en mi vida consecuencias terribles; la principal, el aislamiento, que duró hasta los 35 años, cuando me encontré con otras víctimas y descubrí que no estaba loca.

¿Cómo vive una niña los abusos?

Con terror y perplejidad. Cuando se separaron me quedé con mi madre y mi hermanita, de la que me encargaba (hacer la comida, vestirla, llevarla al colegio, recogerla...). Yo tenía 10 años y ella, 4. Mi madre me dejaba 50 francos en la mesa de la cocina y una nota: "Volveré dentro de un par de días".

Acabó volviendo con su padre.

Sí, vivía con una mujer y sus dos hijos; tenía un hogar y yo había enterrado lo sucedido. Pero era violento y mi madrastra no tardó en marcharse. Me quedé de sirvienta y objeto sexual. A los 10 años me dijo: "Ha llegado el momento de desvirgarte", no sabía lo que significaba. Dormía con él, me enseñaba a dar variedad a sus placeres. Quería morir.

No hablaba con nadie del tema.

No, en el colegio era una niña normal, con vida de niña. Pronto mi padre empezó a prostituirme: intercambio de parejas, orgías, y también me vendía, decir que diez hombres abusaban de mí en una noche no es exagerar. Y me manipuló para que no volviera a hablar con mi madre, dibujó un retrato horrible de ella, y para mí fue fácil creerlo, ya que mi madre no me quería.

Convivió con las amantes de su padre.

Me gustaba cuando una mujer se instalaba en casa porque compartíamos las tareas y podía volver a mi habitación de niña. Pero mi padre acababa incluyéndome en su vida sexual, hacíamos tríos. Ellas siempre eran débiles y manipulables. Pero cuando aparecía la violencia, se marchaban.

¿Cuándo empezó a hacerse preguntas?

A los 13 años vi por la tele una pareja que se besaba, mi padre me besó como lo hacían ellos y me di cuenta de la diferencia: ellos eran adultos, yo era pequeña y lo hacía con mi padre. Pese al temor a sus palizas, hui.

¿Quién la salvó?

Mi vecina, en la que me refugié algunas veces. Un día le pregunté si te podías quedar embarazada si no tenías la regla. Así supo lo que estaba pasando y avisó a mi madre, que se vio en la obligación de denunciarlo.

¿Y a su madre no se le partió el alma?

Jamás quiso hablar del tema, yo llevaba eso sobre mis espaldas sola. Siempre me explicaba que ella no me deseó, que hizo lo posible por abortar.

Es difícil comprender que su padre la prostituyera por placer.

Las imágenes paidófilas están tomadas por la familia. Primero consumen a sus propios niños, después los intercambian para el placer (en el caso de mi padre, para acceder a otras mujeres), y después los venden.

¿Ocurre en todas las clases sociales?

La venta no, pero el uso de niños sí. En mi caso las orgías eran de gente rica y nadie quiso saber la edad que yo tenía. Mi padre me compraba ropa interior sexy, le pidió a una de sus amiguitas que me enseñaran a maquillarme. Tenía 12 años y ese infierno duró hasta los 14.

¿La justicia le ayudó a superarlo?

La instrucción del caso fue peor que el incesto porque, incluso con pruebas materiales - mi padre anotaba en un diario todas las citas y guardaba fotos obscenas-y la confesión, ponían en duda mi palabra, me sentía desprotegida, e intenté suicidarme.

Tiene usted mucho valor.

Quería morir, y lo que me resulta desolador es que no hemos evolucionado. Se continúa aplicando una justicia de adultos a los niños: se les obliga, con 5 años, a prestar testimonio ante los tribunales, es inhumano. Yo con 15 años fui incapaz de abrir la boca, temblaba, tenía a mi padre ante mí...

¿Y después?

Lo borré todo y volví a ver ami padre cuando salió de la cárcel, cuatro años después. Es muy difícil vivir sin el recuerdo de unos buenos padres, pero no había cambiado: él era la víctima y yo la culpable.

Qué dolor.

Un día llegó el odio y ahí comencé el duelo de mi padre. Y tuve que hacer lo mismo con mi madre. De hecho, ese es el camino de la recuperación. Como ocurre en la mayoría de las familias (nueve de cada diez casos), todos negaron el incesto.

¿Qué le salvó?

Mi hijo, ser responsable de una vida. A los 20 años vivía sola, trabajaba continuamente. A menudo perdía la conciencia y me automutilaba. Por la noche ejercía de puta de lujo, hasta que encontré un buen psiquiatra. Quince años más tarde encontré a mi marido, un hombre bueno. Pero sin duda, hoy, lo que me salva es salvar a otros niños.

¿Qué ha entendido del ser humano?

No está evolucionado. Funcionamos privilegiando en exceso el instinto y el placer.


Renacer
"Buscaba ayuda, puse la palabra incesto en internet y sólo encontré páginas pornográficas. Decidí crear una página y empezaron a escribirme víctimas. Pude acudir a una terapia de grupo, necesaria porque comprendes que lo sucedido no es culpa tuya, y creé la asociación (www. aivi. es) para luchar por cosas tan elementales como que se incluya el incesto en el Código Penal; para informar a víctimas y a profesionales (médicos y juristas) porque el desconocimiento es total; para hacer estudios: hemos censado dos millones de franceses víctimas del incesto, pero hay más. El 90% de las víctimas no denuncian, y de las que lo hacen, el 80% de los casos son archivados. También editamos libros".

Fuente: Ima Sanchís para lavanguardia.es