martes, 14 de septiembre de 2010

Alarmas y realidades

Una de las características del pensamiento occidental a partir de la finalización de la II Guerra Mundial -quizá, debido precisamente a las dimensiones devastadoras de este conflicto- es su tendencia al pesimismo. Muy atrás quedaron las esperanzas de soñadores que entreveían en el futuro un mundo feliz. Por el contrario, ahora se piensa que siempre estamos en vísperas de que nos suceda algo peor de lo que tenemos. Esta actitud mental se ve liderada por quienes han sido catalogados como los profetas apocalípticos contemporáneos.

Una lista de sus profecías incluye temas vinculados tanto al crecimiento demográfico de la humanidad y al problema de la contaminación ambiental como el agotamiento de los alimentos y de los recursos naturales y hasta a la presunción que la prosperidad económica y la ingeniería genética ponen en peligro la mismísima existencia del género humano.

En verdad, no se puede negar la gravedad de esos problemas. Lo que sí se cuestiona no es el peligro que representan sino la exageración del mismo.

Veamos algunos casos. Por ejemplo, el explosivo aumento de la población mundial y como consecuencia lógica, el agotamiento de nuestras posibilidades alimentarias y de los recursos naturales disponibles. Es evidente que el fantasma de Malthus sigue apareciendo: los alimentos crecerían en una proporción aritmética mientras que la población lo haría en forma geométrica. Un futuro de hambre sería la conclusión a extraer de esta premisa. Sin embargo, la ciencia y la tecnología logran multiplicar la producción de alimentos y abren nuevos caminos en toda la cadena productiva. Podrá haber dificultades pero serán transitorias y localizadas, no globales ni definitivas.

En cuanto a los recursos naturales, es cierto que el petróleo y el gas pueden agotarse, al igual que el hierro, el cobre y tantos otros minerales. Pero hay que tener en cuenta que la sociedad posee mecanismos de defensa para enfrentar estos desafíos: hay minerales sustitutos, hay nuevos compuestos ventajosos y hay fuentes de energía realmente inagotables (nuclear, solar, vientos, mareas, etc.) Todo indica que en el futuro habrá más energía y más barata que la hoy disponible.

Pesa sobre nosotros otra especie de condena: la contaminación creciente de la atmósfera -hecho innegable y grave- por obra del incrementado consumo de combustibles fósiles (vehículos, fábricas, calefacción, etc.) Pero no se puede desconocer que todo ello es reversible. Piénsese, por ejemplo, en la erupción del Krakatoa, en 1883, que sepultó una isla en el océano y arrojó un millón de toneladas de polvo volcánico a la atmósfera, redujo la llegada de energía solar al planeta e hizo bajar la temperatura en vastas zonas durante cinco o seis años. Parecía que el fin de la vida en la Tierra estaba a la vista. Pero las fuerzas de la naturaleza prevalecieron y, finalmente, todo volvió a la normalidad. Otra amenaza pendiente, e hipertrofiada, es la del calentamiento global originado por la actividad humana: derretiría los casquetes polares, elevaría el nivel de mares y océanos, inundaría amplísimas zonas ribereñas, etc.

Las perspectivas son aterradoras pero, en este caso, el factor causante no es la mano del hombre sino un fenómeno aún no bien estudiado: cada tanto se produce un período glacial, esto es, un avance de los hielos que, luego, se retiran. La última retirada de los hielos se empezó a producir hace unos diez mil años, punto de nacimiento de las grandes civilizaciones. Entonces, ¿no estaremos viviendo en un período interglacial, dentro de márgenes geológicos inevitables?

Obviamente, el hombre puede y debe volver más habitable el planeta moderando toda posible intervención perniciosa de su parte. Puede y debe no utilizar agentes cancerígenos, prescindir del uso de armas biológicas y nucleares, no envenenar los cursos y las fuentes de agua mediante el uso incontrolado de pesticidas nocivos. Puede y debe evitar toda clase de agresiones al equilibrio ambiental.

Lo que no puede evitar es que el Sol se extinga. Afortunadamente, esta catástrofe global ocurrirá dentro de algunos miles de millones de años. Mientras tanto, es nuestro deber forjar una conciencia y un sentido de responsabilidad respecto a cómo preservar la salud ambiental. Sin crear alarmas indebidas sino educando.


El País Digital

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