domingo, 28 de marzo de 2010

Vivir para matar, matar para vivir


Consideradas las bandas más violentas, las maras dominan Centroamérica y se expanden por todo el mundo, en una temible asociación con los carteles de la droga. Y eso no es lo peor: todo parece indicar que ya existen grupos embrionarios de este tipo entre nosotros

"La vida loca es la verdadera vida allá. Jóvenes que sufren, que nos desafían, nos miden, nos tienen rabia y no nos quieren. Una acumulación perversa, que atiza miedos íntimos y espantosas pesadillas, que atropella nuestra visión del mundo, pero que, a pesar de todo, solicita mucha indulgencia. No se trata de un choque generacional; más bien, de un enfrentamiento antropológico. Acorralada, la respuesta de esta generación perdida se convierte en la negación de todo por la revuelta y la muerte."
(Christian Poveda, fotoperiodista y documentalista francoespañol asesinado, durante la noche del 2 al 3 de septiembre de 2009, en El Salvador)

No le faltaron a Christian Gregorio Poveda Ruiz conflictos armados, masacres étnicas, guerras, revoluciones, asesinatos en masa, represiones brutales, golpes de Estado ni guerras civiles por cubrir, con su cámara o con su filmadora, ni en Africa ni en Medio Oriente; ni en América Latina ni en Asia. Si la Guerra de Vietnam, en los años 70, hizo que descubriera el poder de la imagen, las Maras salvadoreñas, casi cuatro décadas más tarde, despertarían en él una obsesiva búsqueda de respuestas a los interrogantes más profundos sobre los orígenes de esas pandillas centroamericanas -las más violentas del mundo-, su crecimiento, su desarrollo, su estética y su mutación a los tiempos presentes: el crimen organizado, el narcotráfico y el narcoterrorismo.

En esa demanda irrefrenable de respuestas, Poveda, de 54 años, encontró la muerte. Su muerte. Durante más de un año y medio el periodista, que había anclado su cámara fotográfica para alzar la filmadora, convivió con los mareros para meterse en la piel de sus hombres, sus mujeres y sus niños; conoció sus códigos; registró, cuadro a cuadro, su brutal accionar; vio matar y vio morir sin preguntar jamás por qué -la respuesta, en todo caso, estaba implícita en la misma pregunta: porque sí-. "Vivir para matar, matar para vivir", es el primer mandamiento Mara.

El resultado de esa experiencia fue La vida loca , título que Poveda eligió para su documental de 90 minutos basado en la Mara 18 y las bandas del barrio La Campanera, al este de San Salvador. La película -realizada entre febrero de 2006 y mayo de 2007- se difundió mundialmente en 2008, pero hasta ahora no fue estrenada en El Salvador.

"En 2004 comencé un reportaje sobre las Maras bajo la forma de una serie de 130 retratos de miembros de las dos bandas rivales", comentó Poveda en una entrevista publicada en Le Monde Diplomatique, cinco meses antes de su asesinato. "Con cada uno de ellos realicé una entrevista videograbada. Oswaldo, de sólo 19 años, quien nunca conoció a su padre, dijo estar orgulloso de haber cometido varios asesinatos. Judith, de 22 años, abandonada por su madre y ella misma mamá de un niño de cuatro años, no disimulaba el placer que le daba matar y robar."

Durante la realización de su documental, Poveda fue testigo presencial de siete asesinatos. Tres de ellos eran protagonistas principales de la película.

El mismo año del estreno, las disputas territoriales de las dos principales Maras salvadoreñas, la Mara 18 y la Mara Salvatrucha, habían causado cerca de 4000 muertes en el país centroamericano. Entre ellos, la de Poveda.

Según se supo, los jefes maras con quienes el documentalista había negociado la autorización para el rodaje habían sido arrestados, y sus reemplazantes, más jóvenes que los anteriores, comenzaron a extorsionarlo y a exigirle dinero. Así, se estableció un encuentro con los nuevos líderes, pero Poveda no asistió. Al fijarse una segunda reunión, a la que sí acudió, fue asesinado a quemarropa de cuatro balazos en la cabeza, en la ruta que une Apopa con Tonacatepeque, una región rural al norte de San Salvador.

Hijo de republicanos españoles refugiados en Francia, Christian Poveda fue corresponsal de prensa en El Salvador durante la guerra civil (1980-1992), y a lo largo de su carrera como fotógrafo publicó en El País, Le Monde, The New York Times, Paris Match, Stern y Time Magazine.

Poveda fue el periodista que logró atravesar las murallas mareras como nadie antes lo había hecho, hasta llegar al corazón de lo que él mismo denominó "la generación perdida". Esa comprensión del fenómeno Mara terminó por conducirlo, paradójicamente, a su propia muerte.
Los Angeles, los 70 y los 80

Las guerras internas que devastaban sus países, particularmente El Salvador (cifras oficiales dan cuenta de 25.000 muertes, producto de la represión ejercida allí entre los años 70 y 80), empujaron a una cantidad de inmigrantes nunca del todo fielmente mensurada hacia Los Angeles, California, apenas con lo puesto, que no era otra cosa que el valor de la propia vida. De aquella inmigración emergente de la miseria surgiría la Mara 18, que rápidamente iba a convertirse en feroz rival de la Mara 13, o Mara Salvatrucha, formada también por inmigrantes salvadoreños que habían llegado a California diez años antes.

El término "mara" es un acortamiento de marabunta, nombre que define a una de las especies de hormigas que se distingue de las otras por arrasar con todo lo que encuentra en su camino.

Mara 18 se inspira en pasajes bíblicos al evocar el número de la bestia "666" (6 + 6 + 6 = 18). Según otras versiones, indica su lugar de nacimiento: la 18 St. (calle 18) de Los Angeles.

La MS 13, o Mara Salvatrucha, se desglosa en "salva", por ser originarios de El Salvador, y "trucha" -a diferencia del sentido que se le da en la Argentina-, por ser listos y alertas. El rasgo distintivo de estas dos Maras es la lucha por el dominio del barrio, antes en Los Angeles como ahora en El Salvador.

Las une, sin embargo, el mismo propósito: la delincuencia organizada, la posesión de drogas, la portación de armas de fuego, el robo, el homicidio, los secuestros, los delitos sexuales y la extorsión.

La estética mara es el tatuaje. Aunque ya no es excluyente como antes (la penetración de mareros en el ámbito de la política y en el submundo del narcotráfico y del narcoterrorismo hace que sus integrantes se mimeticen con el ciudadano común para pasar lo más inadvertidos posible), el uso de tatuajes sigue presente en los estratos más bajos de las pandillas, ya que representan su pertenencia a una u otra organización. Se caracterizan por tener la cabeza rapada, usar pantalones muy holgados, escuchar música rapera y tatuarse una lágrima por cada asesinato que cometen. Marihuana, cocaína, heroína y crack son elementos insustituibles en su vida. Tan insustituibles como la cerveza, el ron, el tequila y el guaro, una bebida que se produce con la caña de azúcar.
Y pandillas también

Dennis Rodgers, antropólogo social y profesor de la London School of Economics, sostiene que las pandillas juveniles "son un fenómeno social muy común, que pueden encontrarse con frecuencia en casi todas las sociedades del mundo, aunque mayoritariamente son grupos efímeros de jóvenes que se juntan para expresarse con comportamientos antisociales que forman parte de su desarrollo".

Rodgers, un inglés de 35 años, había sido invitado en junio de 2006 por la Universidad Nacional de San Martín para disertar sobre los movimientos sociales en la Argentina. Luego de convivir con pandilleros nicaragüenses, trabajó en La Matanza para interiorizarse sobre el accionar y las características del Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de La Matanza y el Movimiento de Trabajadores Revolucionarios Santucho, un desprendimiento del Movimiento Teresa Rodríguez, de Ezpeleta.

Sobre las Maras centroamericanas, Rodgers señala que "son organizaciones colectivas mucho más definidas, que exhiben una continuidad institucional, una participación regular en actividades ilícitas".

De ahí la importancia de diferenciar las pandillas de las Maras.

Sobre este punto, la socióloga argentina Laura Etcharren, columnista de Total News Agency, de la Argentina, y de ANA News Agency, de Nueva York, y estudiosa de la problemática Mara en Centroamérica y su estado embrionario en la Argentina, asegura que en nuestro país existe "un gran desconocimiento, mucha precariedad teórica y demasiada precariedad empírica a la hora de abordar una problemática como esta".

-¿Qué distingue a la pandilla de la Mara?

-Una pandilla está compuesta, en un 90% de los casos, por chicos que emergen de la exclusión social y se juntan para tener un poder que individualmente no tienen y que creen que van a obtener mediante esa unión. Son chicos que están con el merodeo de la marihuana, del paco, delitos menores. Esos mismos chicos, con el paso del tiempo y debido a una necesidad de tener más poder, son puestos en una especie de panóptico para los verdaderos narcoterroristas. Es decir, están vigilados por éstos últimos para saber cuáles son los más aptos para trascender la pandilla.

-Tienen objetivos distintos, entonces.

-El mundo de las Maras es el crimen organizado, el narcoterrorismo, los escuadrones de la muerte. Cooptan a los pandilleros y los mandan a cometer delitos que los cabecillas del narcoterrorismo no realizarían. De ese modo, los chicos dejan las pandillas, dejan la lucha por el barrio y pasan a la disputa por la frontera. Mientras las pandillas luchan por el barrio, las Maras lo hacen por las fronteras, ya que quienes controlan las fronteras dominan los hilos sociales del poder, del narcoterrorismo.

Para Etcharren -autora del libro Esperando las Maras. Estado embrionario en Argentina , Ed. Catálogos-, el primer indicio de la actividad Mara en el país ocurrió en 2006. "Ese año fue asesinada María Eugenia Ledesma, de 22 años, en La Matanza, por un integrante de la Mara Salvatrucha, que había emigrado a la Argentina y conformado una pandilla en la zona. Ese delincuente, apodado El Lágrima, luego viajó al Perú y el crimen de María Eugenia quedó impune.

-¿Cómo saber si un acto delictivo es producido por una banda o por una Mara?

-Por sus características. Hay pandilleros y hay bandas comunes que roban y matan. Pero las Maras tienen su propia característica, que es la extrema violencia. El accionar mara está ligado a la tortura física.
Los narcomaras

Ser marero no es sencillo y tiene sus ritos y sus códigos. Una vez que alguien ingresa en una Mara, jamás podrá abandonarla. De intentar hacerlo, le costaría la vida. Los jefes maras sólo admiten una excepción: convertirse en evangelista, que es la fe que los une.

Una de las formas de iniciación de la Mara Salvatrucha es que el candidato se someta a 13 segundos de brutal golpiza sin que pueda defenderse. Si sobrevive a eso, será un Mara. Por último, y como forma extrema de iniciación, el candidato deberá asesinar a un miembro de una organización enemiga. Matar porque sí.

Un informe de la ONU da cuenta de que alrededor de 70.000 integrantes de las Maras operan en Centroamérica, distribuidas en siete países: Honduras (36.000 miembros), Guatemala (14.000), El Salvador (10.500), Nicaragua (4500), Costa Rica (2600), Panamá (1385) y Belice (100).

La Mara Salvatrucha, al decir de las autoridades, ya se ha convertido en una gigantesca organización criminal. Según relevamientos, está integrada por mercenarios que se alquilan a cualquier cartel de la droga con el objeto de lograr sus propósitos. El más inmediato es la creación de un corredor que vaya desde Colombia, pase por El Salvador y otros países de la región hasta llegar a su destino final, Los Angeles, California. Sólo la Mara Salvatrucha posee alrededor de 50.000 miembros, y algunos estudios indican que ya hay Maras en Canadá, España, Australia y Líbano.

"En la Argentina -explica la socióloga Etcharren- están presentes, aunque muy embrionariamente, en algunas bandas y pandillas, como la banda del Guacho, Las Pirañas, o Los Niños Populares, de Rosario.

-¿Cómo es la estética de los mareros en la Argentina?

-Tienen algo en común con la vestimenta y con la música que escuchan, pero no son un calco de las Maras salvadoreñas.

-Hablamos de los ritos de iniciación, pero, ¿cómo un marero pega el salto a los carteles de la droga?

-Cuando empiezan a crecer dentro de la pandilla y se perfeccionan en el delito, empiezan a ser mirados por los carteles de la droga. Se encuentran en el panóptico. En el centro de la cooptación. Los narcos empiezan a ver que chicos de distintas bandas tienen características mentales y actitudes en materia de acción funcionales para la cooptación. Así se inicia un proceso de conformación de lo que he dado en llamar narcomaras.

-¿Qué hacen, exactamente?

-El trabajo que los narcos no harían. Los trabajos menores, como el "narcomenudeo", ser señuelos, o mulas, hasta alcanzar escalones de relación con los grupos del poder político y económico. Pasa a la Mara cuando empieza a relacionarse con el crimen organizado. Las Maras que buscan el dominio de las fronteras, a veces, no siempre, se separan del crimen organizado relacionado con el narco. Por eso, en la frontera también está la puja entre los distintos carteles de la droga, entre los desprendidos de las pandillas que ya se organizan con un cabecilla narco que los alinea. Y tenés el terrorismo. Un combo ultraviolento en la frontera.

Por Jorge Palomar
revista@lanacion.com.ar
EN CAMINO HACIA EL SUR
Fragmento del libro de Laura Etcharren

En el caso específico de la Argentina se ha abierto un mercado propicio para la proliferación y creación de pandillas. Son variados los casos que resuenan en los últimos tiempos y que alertan a la población sobre un cambio que modifica la estructura de vida de los hombres.

"La Argentina espera la transformación de las culturas juveniles delictivas, debido a que existe un estado embrionario de Maras que se puede registrar en la tendencia sostenida a la comisión de delitos no aleatorios. Las decisiones del crimen no se toman en minutos y con torpeza. Son calculadas y delimitadas en tiempo y espacio. Los ámbitos de referencia social -estadios de fútbol, entre otros- se han convertido en lugares signados por la vida loca. De las canchas a las cárceles para continuar con la carrera de la delincuencia que detrás de las rejas dirige a los miembros que se encuentran fuera, guiándolos en los modos de operación para entablar vínculos con las fronteras.

Costos y beneficios se ponen en juego en el escenario del narcoterrorismo que nos cobija. El que se niega pero existe. El que es imponentemente soberbio. El que deambula por los pasillos de las villas miseria. Lugares que han dejado de ser las moradas de los que menos tienen para fusionarse con el narco.

"Asentamientos en los que la droga entra y sale. Consumidores que se acercan en busca de paco, de cocaína y otras sustancias. Siempre, contacto de por medio, ya que el ingreso a las tierras narcóticas es altamente peligroso porque también allí se libran luchas de dominio entre punteros. Las villas y los asentamientos poseen sus propios usos y costumbres de identificación. La entrada de la policía es casi imposible. Fuerte Apache, Ciudad Oculta y la Villa 31 son algunos de los circuitos inseguros, impenetrables por la ley, a veces cómplice.

"Al igual que los pandilleros, los comúnmente llamados villeros no son todos delincuentes. Sin embargo, al formar parte de ese espacio físico se los etiqueta como tales. Representan un sector marginal de la sociedad y como los no delincuentes representan una minoría, el rescate de los mismos de la mayoría se torna más complicado.

"Las Maras, en cambio, caminan hacia el Sur. Tanto es así, que tenemos antecedentes de grupos ultraviolentos que han tomado las características más sobresalientes de las Maras, colocando al orden y a la organización social en el observatorio de los cuestionamientos desde los diversos vértices sociales.

"En este contexto, el papel de los medios y el periodismo es fundamental para las campañas del narco y las maras. ¿Por qué? Porque el periodismo es esencial para la reproducción y legitimación de la realidad social que viene dada desde la clase hegemónica que detenta el poder político y económico y que se ampara y sostiene en diversos lugares con el monopolio de la fuerza física y simbólica.

El uso que ha hecho el poder del periodismo es funcional para crear una cultura hegemónica. Las formas que adquiere el periodismo frente a la noticia dependen del lugar que ocupe el campo periodístico dentro del campo cultural, pero también del contexto histórico en el que se plantee. Existe un capital específico, en relación a lo que está establecido como hegemónico y esto último se define a partir de la coyuntura específica. Los cambios al interior del campo solo se dan a partir de las luchas por fuera y por dentro para redefinir lo que está en juego. Es por eso que sin publicidad, la dialéctica Maras/terrorismo no sería posible. Y como en la actualidad los terroristas se presentan como los principales actores del escenario mundial, deben producir máximos impactos. Para ello escogen, por ejemplo, una continuidad de fechas. Si carecen de espacio publicitario se encuentran en peligro, puesto que los comunicadores sociales son los encargados de difundir, fomentar o reducir el pánico colectivo a través de información acertada, o bien, mediante imprecisiones que a simple vista no son graves pero que sí son funcionales para el desarrollo de los grupos armados."

FUENTE: LA NACION