domingo, 14 de junio de 2009

CUAN A MENUDO LOS CIENTÍFICOS COMETEN FRAUDES?



En el 2005 Hwang Woo-Suk ilusionaba al mundo con sus presuntos logros en clonación a partir de células madre. Su investigación pasó a la historia como uno de los fraudes más célebres de toda la historia.



El fraude, el plagio, la omisión de datos contradictorios, la validación a la fuerza de hipótesis no verificadas por los hechos, la utilización de metodologías inapropiadas y la manipulación de datos (entre otros tantos) son todos síntomas de arterioesclerosis en la ética profesional del investigador.



Desde fuera de la comunidad científica, yo me pregunto con frecuencia cuán fiables son los datos que manejamos a diario, ya que si han existido famosos casos de fraude científico como
el de Hwang Woo-Suk o el de Jon Sudbø que han llegado a la primera plana de prensa, ¿por qué el fraude científico no habría de ocurrir en investigaciones menos trascendentes y no tan famosas?




Esta pregunta es la que se ha realizado Daniele Fanelli de la Universidad de Edimburgo, quien publica en PloS ONE el primer meta análisis de encuestas cuestionando el profesionalismo y la ética de un gran número de profesionales de la ciencia, con resultados interesantísimos.




Según sus análisis, la comunidad científica es altamente fraudulenta. Según estas encuestas, un 14% de los investigadores conoce a algún colega que ha falsificado información, alterado datos o fabricado información inexistente, y un 72% conoce a colegas que han cometido otro tipo de prácticas cuestionables.




Si bien en el plano personal sólo un 2% de los profesionales encuestados admitió haber realizado fraude científico, un 34% de la comunidad reconoció no haber presentado datos que contradecían sus propias afirmaciones e hipótesis previas o haber descartado datos más por instinto que por rigurosidad científica.



Este tipo de prácticas condenables parecen ser incluso más frecuentes de lo que indican estos datos. Las consecuencias de esto en astronomía, arqueología o zoología no significan ningún peligro real más allá de los cognitivos.



¿Pero qué hay de la medicina, de la genética o de la química farmacéutica? Las respuestas sólo pueden ampliar el debate, y eso es lo que hacemos dejando abierta la pregunta para polemizar respecto a la ética profesional científica y a la supuesta fiabilidad de los datos que los consumidores creemos válidos.

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